
Tengo la osadía de pasearme por la calle Serrano y entrar en sus elitistas comercios, con unas Ray Ban imitación de seis euros del carrrefour, con las que quemaré mis claras córneas y ocultaré mis ojos que se despliegan como acordeones al ver los desproporcionados precios que discretos lucen en los escaparates “barriosalamanqueros”
Un vestido para cóctel , ¿ Pero eso no es lo que uno pide cuando va a Canarias o a Benidorm en verano? Pues no, hay vestidos para eso y cuestan unos 2000 eurazos. Yo pienso en 4 mensualidades de alquiler, o en 18 compras de las buenas en Mercadota, o un viaje a Nueva York o una camaraza de fotos, un regalo para mis padres …pero no en un cóctel.
Estoy en otro nivel, pero hago de tripas corazón, reprimo mi miedo y decido entrar a Louis Vuitton. Pienso, ¿notarán que soy de pueblo y que no me podría permitir ni la peluca del maniquí? Que por cierto, vaya pelazo…Me siento insegura y justo me doy cuenta de que llevo zapatos de tacón y voy bien vestida, aunque en el bolso asoma una bolsa del “ Día” donde llevo mi selecto menú que procederé a comerme en la Plaza de Colón con el resto de currantes, ya que el selecto Kabuki me pilla tan cerca y a la vez tan lejos…
Decido entrar, despistada, pues no he estado nunca y no se bien para donde tirar. Frente a mí unas escalinatas de madera vieja satinadas me invitan galantes a elevarme al paraíso del glamour. Titubeando subo y suspiro un tímido buenas tardes nos de Dios…
No ha pasado nada, creo que he manchado algún bolso de conguitos, pero no creo que lo noten, tampoco que soy de pueblo y que llevo el tupper en el bolso, y si lo notan estaré tan orgullosa de ser como soy, con mis medias con pelotillas y mi tupper lleno de cariño.
Pero paseo por las calles del barrio admirando su belleza, limpieza, el trasiego de personas con corbata, que bien tiene su utilidad para afianzar status como para, en un momento determinado, colgarse en un árbol del Retiro.
Bonitas moradas del Madrid señorial que Isabel II puso en marcha a mediados del siglo XIX. Me emociona el Retiro y la imperiosa Puerta de Alcalá, los techos altos, las maderas rugiendo bajo mis pies, me impresionan los coches caros, las gafas enormes que pasean incógnitas por las avenidas, las alfombras rojas…
M permito tomar un capuchino en el Bibey Café y me limito a escuchar conversaciones ajenas, hablan de perros canijos y de un cierre de trato en Perú…observo desde fuera el mundo de las finanzas, el estrés, los maletines de piel, el botox, madre mía, la gente no quiere morirse! Yo tampoco, así que me pongo mis cascos, suenan los Pernice Brothers y una canción que me recuerda a ti, a nuestra tranquilidad, nuestros tupper y bonos de metro, habla del amor y de las cosas sencillas.
Mientras, me detengo en una joyería y me siento como Audrey, con sus ray ban negras y su tupper con diamantes…
